Heródoto decía que Egipto era un don del Nilo, y con justa razón por su acción vivificante. De igual manera, yo diría que Larán es producto de la bendita acequia que señala uno de los hitos, pues hacia el oeste es uno de los perímetros del área de la población. Pasado el puente de palos de José Vilca, empieza el verdor de las chacras de los compañeros. Tú te paras en uno de los montículos y te extasías oteando el vasto panorama de un paisaje que se pierde en lontananza: aquí y allá los sembríos de maíz, de algodón, de frijol, platanales, espárragos, higueras; flores moraditas, blanquitas, amarillitas, como pendientes de niñas enamoradas; los chánguanos, los sauces, las higuerillas que, de vez en cuando, se levantan majestuosos y muestran sus faces de un variado color vegetal. En medio de este verdor, aparece la hacienda Larán con sus chimenea enhiesta desafiando el tiempo, sus paredes de adobe y una que otras casas que dan señales de vida; más allá, el hilillo de un río que languidece los más de los meses, pero que torna a la vida en verano. Si oteamos hacia la derecha, divisamos la huaca de los Ramos y el verdor se pierde en lontananza con el mar.
La acequia viene de arriba, de la bocatoma de Portachuelo, una vertiente del río Chincha, y luego baja pasando por Huamampali, la cabecera se Santa Ana y da vida el pueblo de Huampullo, un pago colonial de parcelas familiares en que reverdecen los platanales, las guanábanos, el panllevar, algunos viñedos y manzanares. Así va discurriendo, siempre acariciando los carrizales, juncos, sauces misteriosos y ciruelos encantados.
La acequia, luego de escabullirse por debajo del puente de cemento, ingresa matriarcalmente pincelando las laderas del pueblo. En otros tiempos, era el paraíso de los niños quienes se bañaban como Dios los trajo al mundo, cargados de inocencia y con una alegría que le cantaba a la vida.
En otros tiempos, el pueblo de Larán solía cuidar mucho su acequia, En un jornada comunitaria -como una tradición de las mitas incaicas- los "compañeros" altolareños y del pueblos limpiaban responsablemente este símbolo de vida. Hoy, es un llamado de una voz que languidece hace cerca de sesenta años.
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